Creatividad y jazz

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Por Alejandra Folgarait- Las neurociencias avanzan en el estudio de la relación entre el sistema nervioso y la producción de obras artísticas. Según investigaciones recientes, la capacidad de improvisación de los músicos de jazz, por ejemplo, residiría en la corteza prefrontal.

Las musas que inspiraban a los poetas griegos no habitaban mundos ideales y románticos sino más bien la corteza prefrontal de sus cerebros, dicen ahora los científicos. La capacidad para pensar algo distraídamente (“apagando” las áreas cerebrales ligadas al razonamiento abstracto y controlador mientras se “encienden” centros neurológicos ligados a la asociación flexible de recuerdos y áreas sensoriales) es una de las características que comparten los más creativos músicos, novelistas, pintores y científicos.

Definir qué es la creatividad es una ardua tarea, aunque cualquiera pueda reconocer sus signos en los demás. Entre los hombres de negocios, se la llama innovación. En el mundo de las artes, coquetea con la inspiración. En el ámbito científico, se la asocia con la genialidad. Pero la creatividad incluye imaginación, intuición, hipersensibilidad y curiosidad, además de autonomía y falta de respeto a las convenciones y prejuicios.

La mayoría de las definiciones de creatividad aluden al proceso mental que genera algo nuevo, diferente de lo conocido y, a la vez, apropiado. Creatividad es resolver un problema de una forma original. Inspiración, imaginación, descubrimiento inesperado, conocimiento exhaustivo sobre un tema y libertad para pensar sin estereotipos: estas son algunas de las condiciones necesarias (pero no suficientes) para ser creativo. “Lo fundamental es tener una pasión obsesiva por un tema, pensarlo por fuera de lo establecido pero enfocándose en un problema específico”, dice Lisa Aziz-Zadeh, profesora del Instituto del Cerebro y la Creatividad, en la Universidad del Sur de California. La cuestión es cómo se desarrolla la creatividad. ¿Es posible aprender a ser creativo? ¿Es posible, incluso, enseñar a ser creativo?

“El interés en un arte lleva a un alto estado de motivación que produce una atención sostenida, necesaria para mejorar la performance y el entrenamiento de la atención que lleva a una mejora en otros dominios cognitivos”, afirma Michael Gazzaniga, uno de los mayores expertos mundiales en neurocognitivismo. Más irónico, George Bernard Shaw dijo: “La imaginación es el comienzo de la creación. Usted imagina lo que desea, usted quiere lo que imagina y al final usted crea lo que quiere”.

Bach, Mozart, Picasso, Joyce, Einstein, E. E. Cummings, Darwin, Le Corbusier, Piazzola, Martha Graham, Van Gogh, Jackson Pollock y hasta Bill Gates: es fácil hacer una lista de personalidades creativas de la cultura universal. Pero es en el jazz en donde reina soberana la creatividad. No hay improvisación sin creatividad, y no hay jazz del bueno sin improvisación. Que lo digan John Coltrane o Keith Jarrett. Mejor aún: que lo demuestren los científicos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, que publicaron recientemente un estudio en el que localizaron, mediante imágenes de resonancia magnética, los centros cerebrales que se activan cuando los músicos de jazz improvisan.

La corteza prefrontal, más precisamente esa porción de materia gris que está detrás de la parte media de la frente humana, es el lugar donde reside la creatividad espontánea, afirman los investigadores que publicaron el estudio sobre los creativos del jazz en la revista científica Public Library of Science. Charles Limb y Allen Braun hicieron un experimento ingenioso: pusieron a seis buenos músicos de jazz a tocar un teclado mientras registraban su actividad cerebral mediante resonancia magnética. “Cuando los músicos de jazz improvisan, generalmente tocan con los ojos cerrados, en un estilo personal que trasciende las reglas tradicionales de ritmo y melodía”, dice Charles Limb, profesor asociado del departamento de Otolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello de la Escuela de Medicina Johns Hopkins y profesor también del Conservatiorio de Música Peabody, en Baltimore. “[La improvisación jazzística ] es un estado especial de la mente  en el que, de repente, los músicos generan música que nunca ha sido oída, pensada o tocada antes. Lo que sale es completamente espontáneo”, describe el científico, médico y además saxofonista.

Charles Limb ideó el estudio junto con el médico Allen Braun, del Instituto Nacional de Sordera y Trastornos de la Comunicación. Básicamente, le pidieron a cada músico que tocara una típica escala en Do mayor (escenario escala) o que improvisaran (escenario jazz ) sobre una nueva melodía que habían escuchado antes de entrar en el aparato. La resonancia magnética funcional midió la cantidad de oxígeno que captaban las áreas del cerebro cuando se ponían en actividad durante uno u otro escenario (el rutinario o el improvisador). Esa medición permitió armar luego un mapa del cerebro con las áreas activadas en brillantes colores, mientras que las que no se utilizaron (aquellas ligadas a la inhibición de la conducta y al autocontrol) permanecieron oscuras.

Así, los investigadores encontraron que todos los músicos activaban la corteza prefrontal media al improvisar, mientras mantenían inactivas las áreas dorsolaterales de la corteza prefrontal, generalmente utilizadas para controlar la conducta. Según Limb, “el jazz es una forma de arte extremadamente individualista. Lo que pensamos que ocurre cuando uno está tocando su propia historia musical es que está apagando los impulsos nerviosos que podrían impedir el flujo de nuevas ideas”.

Hablar es improvisar

El tipo de actividad cerebral que producen los músicos de jazz también estaría presente durante los comportamientos improvisados que son parte integral de la vida en otros artistas y en quienes no lo son. Por ejemplo, la gente está todo el tiempo improvisando palabras durante sus conversaciones o ideando soluciones a los problemas que se le presentan en la vida cotidiana. “Sin este tipo de creatividad, los seres humanos no habríamos avanzado como especie. Es una parte integral de lo que somos”, insiste Limb.

“Cuando pensamos en improvisación tendemos a pensar en primer lugar en música o teatro o danza improvisados; pero más allá de los placeres que brindan, estas formas del arte son puertas hacia una experiencia que constituye el total de la vida cotidiana. Todos somos improvisadores”, dice el violinista y escritor Stephen Nachmanovitch. “La forma más común de improvisación es el lenguaje común. Al hablar y al escuchar, tomamos unidades de un conjunto de ladrillos (el vocabulario) y reglas para combinarlos (la gramática). Esto lo hemos recibido de nuestra cultura. Pero las frases que armamos con ellos tal vez nunca fueron dichas antes y tal vez nadie las dirá después. Toda conversación es una forma de jazz “, escribe Nachmanovitch en Free Play .

La cuestión de la creatividad en el lenguaje está de moda. Se escriben palimpsestos hipertextuales. Se inventan nuevas palabras y se ponen en circulación dentro de la sociedad. Se debate si los mensajes de textos de los adolescentes son expresiones de la velocidad de la nueva cultura digital, un producto tribal de la edad o un síntoma de vagancia. ¿Por qué no plantearse que, como descubrieron recientemente otros científicos, la corteza prefrontal del adolescente está en plena transformación y crecimiento? Esta plasticidad del cerebro adolescente podría influir en su creatividad y capacidad de improvisación lingüística, al mismo tiempo que en la desinhibición de su comportamiento.

No solo el cerebro contribuye a la creatividad. También parece verdadero lo opuesto: el entrenamiento artístico mejora el cerebro en general y en sus conexiones particulares. No se trata de una relación causa-efecto, sino de una correlación sorprendente entre arte y actividades cognitivas cerebrales que los expertos en neurociencias están empezando a investigar.

Los niños, en este sentido, reciben un beneficio secundario si estudian música: además de disfrutar de ella, el resto de su cerebro (acaso el más importante de los instrumentos) se vuelve capaz de realizar creativamente muchas otras actividades cognitivas, entre las cuales se destacan la lectura, el aprendizaje secuencial y la capacidad de utilizar representaciones geométricas. Quizás el precoz músico no llegue a ser reconocido como un violinista consumado o un pianista de jazz de esos que hacen historia, pero podría llegar a brillar como escritor.

Neurobiólogos reunidos por la Fundación Dana para el estudio del Cerebro, en Estados Unidos, también encontraron en los últimos tres años que el entrenamiento actoral mejora la memoria, y que aprender a bailar produce excelentes observadores, aumenta la capacidad del cerebro de organizar acciones complejas y también puede transmitirse a otras habilidades cognitivas.

Lo heredado también mete la cola en la capacidad creativa de unos y otras. Einstein tenía características cerebrales muy inusuales: mayor cantidad de células de la glía, que nutre las neuronas, y un cuerpo calloso, que une los hemisferios cerebrales, más voluminosos que el común de los mortales. Michael Gazzaniga, profesor de la Universidad de California en Santa Barbara, señala además que ya se identificaron ciertos genes relacionados con la capacidad artística y creadora. También se sabe ahora que los seres más creativos utilizan más dopamina y norepinefrina (dos químicos transmisores de señales nerviosas) en sus lóbulos frontales. ¿Se explicaría entonces por la biología el hecho de que existan muchas personas talentosas pero solo algunas extremadamente creativas, como Joan Miró y Julio Bocca, Miles Davis y Marguerite Duras? “Una persona puede tener mucha inteligencia general, un gran conocimiento de un dominio específico y las habilidades necesarias para ser creativo, y no poder serlo. Necesita entonces un componente extra: la habilidad para desarrollar soluciones alternativas o un pensamiento divergente. Esto puede tener una base genética, pero definitivamente el factor sociocultural juega un rol esencial, pues el acceso a experiencias de distinta naturaleza va remodelando las conexiones neuroanatómicas necesarias para generar las soluciones innovadoras que resultan de este pensamiento divergente”, explica Ezequiel Gleichgerrcht, especialista en biología y neurociencias.

Más allá del hemisferio derecho

“No existe un solo centro cerebral ligado a la creatividad. El cerebro opera en red, y en un proceso creativo se activan distintos circuitos neuronales”, afirma Manes. “Aunque en mi opinión deben de existir patrones neurobiológicos comunes a todos los artistas, todavía estamos muy lejos de tener evidencias que lo demuestren”, agrega el neurólogo, también director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Favaloro.

Los científicos coinciden en que la creatividad se basa en una preponderancia del hemisferio derecho sobre el izquierdo. “De hecho, el cerebro está lateralizado en los seres humanos: se observa que las actividades lógicas y verbales operan en el hemisferio izquierdo, mientras que en el derecho se procesa lo visual y espacial”, apunta Gleichgerrcht. “El sentido espacial, la intuición, el canto y la música son funciones ligadas a la actividad del hemisferio derecho, que, coincidentemente, son funciones asociadas a la creatividad. Entonces -concluye el investigador argentino- se puede apoyar la idea de que el hemisferio derecho está a cargo de la creatividad.”

El paradigma sobre el hemisferio derecho como fuente del pensamiento creativo y holístico, de la intuición emocional y del insight dio origen a numerosas técnicas para “liberar el hemisferio derecho”.

El psicólogo y médico Edward de Bono cosechó fama y dinero al crear la técnica de “pensamiento lateral”, que trata de buscar alternativas y diversas percepciones posibles ante un problema en lugar de encontrarle una solución lógica y unívoca. Luego vinieron las propuestas de Arthur Koestler para reconciliar matrices diferentes de pensamiento. Y, últimamente, se hizo popular la programación neurolingüística, que busca intervenir en los mapas representacionales de cada persona durante la comunicación humana. Por no abundar en la “tormenta de ideas” y otras técnicas más o menos comerciales, de gran aplicación en las empresas y los equipos de marketing , para despertar al hemisferio creativo.

El paraguas del hemisferio derecho esconde, según algunos investigadores, centros específicos del cerebro donde habitan los mecanismos que habilitan la creatividad. En general, están ligados al procesamiento de las emociones y los recuerdos.

Por ejemplo, mediante un estudio del flujo de sangre en el cerebro en personas altamente creativas, la psiquiatra mexicana Rosa Aurora Chávez identificó lugares muy específicos del cerebro, en ambos hemisferios, que reciben mayor irrigación. El número de ideas generadas en respuesta a un estímulo, la originalidad y la flexibilidad son dimensiones de la creatividad que se correlacionan con áreas específicas de los lóbulos frontales y temporales del cerebro, amén del cerebelo. “Esto sugiere que la creatividad integra procesos perceptuales, volitivos, cognitivos y emocionales”, escribe la experta del Instituto Nacional de Psiquiatría de México.

¡Es el inconsciente, estúpido!

Según Anne Dietrich, investigadora de la American University en el Líbano, existen dos tipos de creatividad: la deliberada, que se pone en marcha activando circuitos de memoria grabados en el cerebro y manejados por la conciencia racional; y la espontánea, que activa circuitos de la corteza prefrontal ligados al sistema límbico (la red de centros cerebrales más primitivos, en términos evolutivos, vinculados a los sentimientos y al placer-displacer, entre otras cosas). La creatividad espontánea, entonces, no solo es fruto de ideas conscientes sino también de emociones no conscientes.

En este sentido, habría una vuelta a las ideas freudianas de las pulsiones inconscientes reprimidas como fuente sublimada de la creatividad cultural. Lo que Freud llamaba inconsciente y subconsciente hoy parece investigarse en términos de memoria cognitiva. Del océano de recuerdos antiguos o recientes, cada persona pesca sus propios pensamientos y actos creativos mediante mecanismos que son ajenos a la conciencia controladora y racional.

“Creo que existen procesos conscientes e inconscientes en la creatividad”, explica Lisa Aziz, investigadora del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California. “La experiencia Aha! [un equivalente al Eureka! de Arquímedes] está relacionada con la creatividad inconsciente. Sin embargo -continúa la neuropsicóloga-, buena parte del pensamiento sobre un problema específico es consciente. Y el ¡ajá! que aparece como un insight después de hallar una solución a un problema podría ser un proceso paralelo inconsciente”.

“Todo lo que puedas imaginar es real”, afirmó alguna vez Pablo Picasso, a quien algunas de sus mujeres no hubieran dudado en tildar de loco de remate. Platón describió el furor de los poetas como un talento delirante, y no estuvo muy lejos de la verdad. Sin dudas, la enfermedad mental y la creatividad se llevan de maravillas.

Por eso los neurobiólogos enfocan su atención sobre la salud mental de los creadores más geniales. Y estudian a las personas con lesiones en lóbulos frontales y temporales para observar cómo afectan esas alteraciones a su capacidad creativa.

No es necesario sufrir de demencia, esquizofrenia o bipolaridad para ser un genio creativo, pero los ejemplos de Friedrich Nietzsche, Virginia Woolf, Fernando Pessoa, Georges Bataille, Horacio Quiroga, Jacobo Fijman y Alejandra Pizarnik se amontonan sobre las mesas de estudio de los psiquiatras y neurólogos.

Aunque tener una percepción distorsionada de la realidad no es condición sine qua non para ser creativo, lo cierto es que las personas creativas padecen cambios en sus estados de ánimo en mayor proporción que el resto. Hemingway es un ejemplo tanto de creatividad depresiva como de la forma en que la creatividad y la depresión corren juntas en ciertas familias. Por su parte, el romántico Schumann componía mejor durante sus accesos de manía o hiperexcitación que durante sus estados de ánimo “normales”.

También se sabe que buena parte de la creatividad explosiva de Kandinsky se debía a que portaba una inusual condición llamada sinestesia [sensación subjetiva propia de un sentido determinado causada por otra sensación que afecta a un sentido diferente]. Tras escuchar un concierto de Wagner -recuerda el neurólogo Manes- el pintor Kandinsky exclamó: “Los violines, los tonos profundos de los contrabajos y especialmente los instrumentos de viento que sonaban en ese momento encarnaban para mí todo el poder de la tarde. Vi todos los colores en mi mente; se presentaban frente a mis ojos. Líneas salvajes y alocadas se dibujaron frente a mí”.

Pero si la creatividad es un don que flirtea descaradamente con la bipolaridad, las lesiones del lóbulo frontal, la melancolía, el suicidio y también el alcoholismo, ¿no habría que plantearse la pregunta inversa? Es decir: ¿puede una patología neuropsiquiátrica desencadenar la creatividad? Sí, en algunos casos. Según Manes, los pacientes con demencia frontotemporal son buenos ejemplos de cómo interactúan la neurobiología y la creatividad. “En un estudio se observó que una degeneración en el lóbulo temporal izquierdo produjo en algunos pacientes un aumento significativo de la creatividad, más allá de que antes no eran personas artísticas. Quizás el control que perdió el lóbulo izquierdo sobre el derecho hizo que este se ´independizara y produjera creativamente”, apunta el neurocientífico.

Sin ir muy lejos, el programa de radio La Colifata , producido y conducido por internados en el Hospital Borda, ha sido muchas veces reconocido por su enorme creatividad. Y según Manes, “un 10% de los autistas tiene un talento especial para las artes plásticas y la música”. Ni hablar de la creatividad de ciertos matemáticos esquizofrénicos como John Nash, reconocido popularmente a partir de la película Una mente brillante .

En cualquier caso, podría decirse que para ser muy creativo hay que ser un poco border : percibir la realidad en tonos diferentes del resto de las personas, ser capaz de asociar ideas y recuerdos incongruentes, rebelarse ante las normas establecidas y encontrar nuevas soluciones a lo aparentemente irresoluble son signos de creatividad con mayúsculas. La delgada línea que divide a los creativos de los locos todavía no se dibuja en los manuales de psiquiatría. El talento sui generis de Charly García quizá sea, entre los argentinos, el mejor ejemplo de un cerebro propenso naturalmente a la creatividad desinhibida, improvisadora y espontánea, o, para otros, el ejemplo de un cerebro que se desbarranca creativa y patológicamente hacia la autodestrucción.

Fuente: La Nación

 

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