Miedo, estrés y pandemia

Foto: El Periodico.
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Por el Doctor Pablo R. Cólica– A que llamamos miedo: a la sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario. Según el diccionario de la Real Academia Española “miedo es la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario».

También puede definirse como una  sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza y se manifiesta en todos los animales.

Freud  en su “Teoría del miedo” los diferenció como  miedo real y miedo neurótico (imaginario). Desde un punto de vista  biológico el miedo real ocasionado  por circunstancias del presente sería una respuesta emocional adaptativa que  constituye un mecanismo de supervivencia instintivo íntimamente ligado al mecanismo del estrés. En cambio el miedo imaginario, (neurótico según Freud) que tiene componente cognitivo está ligado al mecanismo de la ansiedad.

Desde el punto devista neurobiológico, el miedo  provoca una estimulación de receptores adrenérgicos en las amígdalas cerebrales con incremento de aminoácidos excitatorios y de  sus respectivos receptores ( NMDA). Estos últimos, hiper excitados, serían los que producirían una “huella” en las células cerebrales mediante una  proteina molecular llamada NR2B  que serviría de “marca de memoria” que puede llegar a provocar estrés post traumático. En experimentos realizados con ratones, el bloqueo de esta molécula NR2B en la corteza prefrontal produjo la desaparición de la reacción a un miedo previamente experimentado. También mediaría la hormona Vasopresina (o Antidiuretica) liberada junto al CRH hipotalámico en el Estrés, sobre las amígdalas cerebrales y ya hay investigaciones que trabajan en la obtención de

antagonistas de esta hormona. Por otra parte, el etanol inhibe la producción de vasopresina, lo que explica la mayor tendencia a consumir alcohol en estas circunstancias. Conocemos asimismo que los  “psicópatas sociales» sufren atrofia de las amígdalas cerebrales  que les lleva a  la pérdida del miedo social y del afecto.

La Vasopresina por otra parte, en presencia de testosterona facilita las reacciones violentas, la ira que es otra emoción primaria junto al miedo.

El sistema límbico con gran participación de las amígdalas se activa por la situación amenazante y son los lóbulos frontales los encargados de modular o  desactivarlos total o parcialmente. 

Cuando el miedo se va transformando en pánico  la atención  queda fijada casi exclusivamente en el peligro  y se desencadenan síntomas fisiológicos ligados al incremento de catecolaminas: aumento del ritmo cardíaco, de la tensión arterial, la frecuencia respiratoria, etc. que son interpretados por los receptores a señales DAMP o Alarminas (NOD) como señales de peligro que activan  al sistema inmune. Al mismo tiempo la señal noradrenérgica sobre el hipotálamo ha puesto en funcionamiento el eje neuroendócrino del estrés.

Se ha puesto en marcha el sistema PINE cuyos ejes son los que se activan en el mecanismo del estrés que se retroalimenta cognitivamente  al desenca-denarse   ansiedad con más aparición de síntomas físicos. Un círculo vicioso que según las condiciones de cada persona puede llevar a la aparición de fobias y  a desencadenar diversas patologías orgánicas ligadas a la inflamación.  

Las fobias  se producirían por incapacidad de quitar la atención del propio  miedo ( miedo a tener miedo en cualquier circunstancia) magnificando la sensación de peligro.

También parece influir la concentración de dopamina en el sistema límbico que puede estimular o frenar la actividad de transmisión de los estímulos. Una elevada concentración de dopamina en las amígdalas cerebrales provocaría más miedo y estrés.

Otro factor que influye en la sensación de miedo es el grado de comunicación existente entre amígdalas y el lóbulo cíngulado anterior que se debería activar cuando se percibe algo aversivo o negativo, para modularlo. La magnitud de esa comunicación influiría en la mayor o menor sensación de miedo.

La psicoterapia podría  promover la comunicación de esas áreas para aprender a actuar con menos miedo y  desde el cíngulo activado  tener una mayor seguridad en sí mismo. La espectrotractografía puede poner  en evidencia esos cambios producto de la neuroplasticidad de las conexiones cerebrales.

La explotación sociocultural del miedo también  es un arma de dominación política y control social. Desde hace mucho tiempo se ha  denunciado el uso político del miedo como forma de control de la población, incluso creando hipótesis y  escenarios de inseguridad. 

El miedo es una emoción natural que nos protege de un peligro real y en su medida nos hace prudentes. En cambio el temor social es una creación a menudo artificial que nos conduce a fugar  de situaciones de peligro imaginario creadas  o exageradas con ese fin.

El peligro del uso intencional del miedo es que en cualquier momento puede ser sustituido por otra emoción primitiva que es la ira, el enojo, la furia. Se activan también circuitos básicos con  una verdadera disociación con los  mecanismos inhibitorios de control  del lóbulo frontal. La reacción puede llegar a ser irreflexiva,  desmedida y  violenta.

En estos aspectos nos parece muy interesante referirnos a reflexiones sobre las consecuencias del Pandemia  de Byung-Chul Han Filósosfo surcoreano  considerado una de las mentes más importantes del momento. 

“El coronavirus está mostrando que la vulnerabilidad o mortalidad humanas depende en gran parte  del estatus socio económico”. Enferman y mueren más los trabajadores pobres de zonas periféricas de las grandes ciudades porque tienen que trabajar y tienen más factores de riesgo y malnutrición. Al teletrabajo por ejemplo no se lo pueden permitir los cuidadores, los trabajadores de las fábricas, los que limpian, las vendedoras o los que recogen la basura.

“La pandemia no es solo un problema médico, sino social. Una razón por la que no han muerto tantas personas en Alemania es porque no hay problemas sociales tan graves como en otros países y el sistema sanitario es mucho mejor en Alemania que en los otros países centrales incluidos Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Italia”.

“Covid-19 no sustenta a la democracia”. Del miedo se sustentan  los autócratas. En la crisis, las personas vuelven a buscar líderes. “Con la pandemia estamos en peligro de dirigirnos hacia un régimen de vigilancia biopolítica digital bajo el pretexto de  monitorizar constantemente nuestro estado de salud”.

El virus es una prueba para el sistema democrático.  Los países asiáticos, que creen poco en la democracia liberal, han asumido con bastante rapidez el control de la pandemia, especialmente en el aspecto de la vigilancia digital y biopolítica. El virus no detiene el avance de China. China venderá su estado de vigilancia autocrática como modelo de éxito contra la epidemia. Exhibirá por todo el mundo aún con más orgullo la superioridad de su sistema. La Covid-19 hará que el poder mundial se desplace un poco más hacia Asia. Visto así, el virus marca un cambio de era”.

 “La pandemia vuelve a hacer visible la muerte, que tratamos de suprimir en nuestro pensamiento cotidiano”. La presencia de la muerte en los medios de comunicación aumenta el estrés psicosocial y  la idea excluyente de la  supervivencia por sobre la sociabilidad hace que la sociedad sea más inhumana y acepte la limitación de derechos fundamentales . Cualquiera  es un potencial portador del virus y hay que mantenerlo a distancia. Los mayores mueren solos en los asilos porque nadie puede visitarles por el riesgo de infección.

La virología desempodera a la sociología, la política, economía e incluso la teología. Todos escuchan a los virólogos o infectólogos  que parecen  tener soberanía absoluta de interpretación.

“El pánico ante el virus es exagerado”. La edad promedio de quienes mueren en Alemania por Covid-19 es 80 u 81 años y la esperanza media de vida es de 80,5 años. Lo que muestra nuestra reacción de pánico ante el virus es que algo anda mal en nuestra sociedad”.

Sabemos que el aislamiento social -sobre todo el prolongado- impacta negativamente en el bienestar mental.

Son muchos los estudios que demuestran que quienes viven aislados sufren tasas de mortalidad más altas que quienes están acompañados.

Esto es así porque se vincula de manera directa la soledad y el aislamiento social con el estrés prolongado o crónico y la depresión, estados que producen una sobreexpresión (mayor producción) de genes ligados a la inflamación. Por otra parte la respuesta antiviral y la producción de anticuerpos se ven mermadas (inmuno depresión).

En los diversos estudios se enfatiza  que la sensación de soledad es más perjudicial que la soledad en sí misma. Un proverbio dice que “la soledad es un buen lugar para visitar, pero un mal sitio para quedarse”. Se la asocia frecuentemente a depresión, y en este punto el aislamiento social es uno de los síntomas más reiterados cuando las personas comienzan a sufrir cuadros depresivos.

Está plenamente aceptado que la depresión es un factor de riesgo importante e independiente para enfermedad coronaria. Por otra parte, las depresiones de tipo reactivas que constituyen más del 80 por ciento de los cuadros depresivos están indisolublemente ligadas al estrés crónico y por lo tanto relacionadas con la génesis de todas las enfermedades por estrés.

Si bien el estrés es una reacción física y psicológica normal a las demandas de la vida, es un mecanismo para adaptarnos en poco tiempo y no está preparado para soportar los múltiples desafíos a los que nos enfrentamos en estos momentos ni largas cuarentenas que puede sobrepasar  la capacidad de adaptación. El estrés prolongado puede generar agotamiento físico y mental. En un artículo sobre la “Pandemia” publicado por   Facundo Manes en el diario La Nación, escribe: “recientemente en The Lancet, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, se publicó una revisión de más de 3000 trabajos relativos a los efectos sobre la población de otras cuarentenas de la historia reciente. Se estudiaron aislamientos sociales mucho más breves y más restringidos a nivel poblacional que el que estamos viviendo, y se observó estrés postraumático, depresión, ansiedad, agotamiento, insomnio, preocupaciones psicosomáticas, frustración, desapego, mayor uso de sustancias, violencia doméstica, confusión e ira. Es importante destacar que, según los estudios, estos efectos podían ser duraderos”. “Es clave que la sociedad tenga un horizonte en el que haya una discusión sobre cuestiones sanitarias, sociales y económicas que se lleven adelante sin luchas estériles y contraproducentes de facciones, y que nos permitan reducir la incertidumbre.

El aislamiento social,  el miedo al contagio,  sumado al colapso económico general, la inseguridad financiera, el riesgo de perder el trabajo, la inseguridad sobre los ingresos, la bancarrota y la falta de una perspectiva concreta son todos factores que agravan la situación. A su vez, la angustia se profundiza si los mensajes de las autoridades y comunicadores son contradictorios y despegados de la realidad, por lo que muchos ciudadanos  miran a los políticos disfrutando de sus privilegios, proyectando soluciones imposibles, tratando de salvarse a sí mismos legislando  leyes que solo a ellos  les interesa, observándolos  desde la vivencia diaria del empobrecimiento, la  pérdida de empleos, con sentimientos de impotencia,  forzados  al aislamiento, al hambre y aterrados por la supervivencia cotidiana de sus familias. Esta desazón incluye sin duda a los profesionales y trabajadores de la salud que siguen en la primera línea de ataque prácticamente abandonados a su suerte.

Por ello debemos enfatizar que  al miedo lo sigue la otra emoción primaria, la ira con el peligro de violencia que conlleva.

No obstante también debemos tener en cuanta lo que escribe Loris Zanatta  que es historiador y profesor de la Universidad de Bolonia, Italia: “ Así fue y aún será: la peste no impidió el Renacimiento, la viruela la Ilustración, la fiebre española la democracia liberal; el coronavirus no detendrá la innovación tecnológica o la globalización, las ganas de vivir y el deseo de abrir nuevas fronteras. No se trata de tener una fe ciega en el futuro, de cultivar ideas ingenuas de “progreso”: es que así es la historia, así es la vida”.

Patricio Orio Investigador en Neurociencias de la Universidad de Valparaíso (Chile) estudia los mecanismos de multiestabilidad del cerebro, una característica de los circuitos neuronales que serían la base de adaptabilidad a nuevos escenarios y la búsqueda de nuevas soluciones. Una elasticidad que el cerebro desarrolla aun en ausencia de estímulos externos e incluso al no existir actividad aparente, como por ejemplo, al dormir. En un reportaje en el diario La Tercera de Santiago de Chile refiere “Nos encontramos frente  a un escenario  complejo y  desconocido, un desafío para  la capacidad adaptativa de nuestro cerebro y para las estrategias que nuestra mente  utilice que habitualmente tienden a repartir las respuestas de sobrevivencia  guiadas por patrones establecidos: lo ya aprendido que ha dado resultados más rápidos y eficientes.

Los mecanismos evolutivos se originaron intentando predecir lo que nuestros sentidos percibirán antes de que ocurra. Esa estrategia de sobrevivencia hoy es inestable y entonces la respuesta es instintiva, la fuga, refugiarnos en la madriguera como cualquier animalito primitivo.

El cerebro, se puede comparar entre otras cosas  con una aceitada máquina predictora por  nuestras capacidades de pensamiento abstracto que  nos dan la posibilidad de predecir a largo plazo, de hacer planes con meses o años de anticipación. El no poder  predecir lo  que nos puede ocurrir con la pandemia  “es  una fuente de estrés porque el cerebro siente que no puede cumplir esa función”. Es la base de la intolerancia a la incertidumbre.

El pánico se origina cuando la amígdala, busca que escapemos inmediatamente de la amenaza. Su respuesta se contrapone con la de la corteza frontal –que decide nuestro comportamiento– que nos insta a pensar racionalmente en la situación  conectando con todas las áreas del cerebro relacionadas con la planificación y la toma de decisiones. Pero este proceso puede tornarse caótico cuando aparece la ansiedad y se profundiza la incertidumbre. La corteza frontal se confunde entre las múltiples interacciones cruzadas.

Para intentar calmarnos, disminuir  racionalmente el estrés, evitar la ansiedad y tolerar la incertidumbre  debemos poner en funcionamiento nuestra mayor capacidad racional para lograr un manejo inteligente de las emociones primarias. La corteza prefrontal debe modular al sistema límbico, analizando, comparando, estudiando datos objetivos entendiendo que el miedo en su justa medida nos hace prudentes y por lo tanto extremaremos los cuidados tanto individualmente como socialmente para evitar el contagio y asimismo mantener de esa manera un adecuado equilibrio de nuestro sistema inmunológico para poder resistir incluso la eventualidad  de ser afectados sin que se ponga en peligro la vida.

En la Ciudad de Córdoba, República Argentina, 5 de octubre de 2020.